Desde adentro de la jaula
Sin duda hacer un viaje como mochileros nos ha cambiado en muchos sentidos a Allen y a mí. Nuestros hábitos alimenticios se han modificado, paradigmas y conceptos que teníamos en nuestra mente se han roto por completo, la forma en que solíamos hacer muchas cosas ahora son totalmente distintas; la experiencia que vivimos hace poco en la Amazonia peruana creo que ha sido de las más impactantes y enriquecedoras, haciendo una vez más que muchas reflexiones vengan a nuestra mente, y nos hagan evolucionar como personas.
Hace unos días terminamos nuestra participación como voluntarios en una fundación de nombre CERELIAS (Centro de Rehabilitación y Liberación de Animales Silvestres), que al leer sobre su valiosa labor en una reseña que explicaba que se trata con animales en libertad dentro de su hábitat natural, fue una idea que nos encantó a ambos desde un inicio. Suena muy romántica la idea de estar dos semanas con simpáticos monos que se balancean de una rama a otra de manera inofensiva, comiendo bananos, jugando entre ellos, siendo libres; sin embargo, la realidad es bastante diferente empezando por el hecho de que jamás consideramos que al brindarle libertad a los animales, implica el sacrificio de un pedazo de la nuestra.
Tan sólo el camino para llegar al lugar donde se encuentra Orlando -el líder del proyecto- con todos los animales, implica dos horas y media de camino entre la selva, cruzando varias veces un río a través de las piedras que sobresalen, sin puente alguno, ni un sendero muy claro por seguir. Gracias a los guías que nos acompañaron y ayudaron a cargar los 50 kilos de comida que tuvimos que llevar para sobrevivir esas dos semanas, pudimos llegar a nuestro destino. Una sencilla construcción hecha de palos y red de pesca, con una fogata al centro para cocinar, es lo que por los próximos días sería nuestro hogar.
Cuando llegamos, un par de monos se nos acercaron curiosos a ver qué traíamos en nuestras mochilas, cuando Orlando muy agitado nos metió deprisa a la "casa" con repetidos "¡Apúrense, entren ya!". La verdad es que en ese momento me pareció un tanto exagerada la reacción, y me sentí un poco frustrada de no poder interactuar con los que en ese entonces eran para mí unos lindos animales con los que quería jugar.
Esto cambió cuando unas horas más tarde, Tina, una de las monas, me mordió.
Debido a que los monos están en su hábitat natural, nosotros pasamos a ser sus visitas, por lo que en un inicio se pueden sentir invadidos hasta que lleguen a conocerte y acostumbrarse a tu presencia. Este incidente no pasó más allá de un susto y una ligera herida que hace que quite de mi bucketlist el ser mordida por un mono; pero fue la primera bocanada de humildad que recibí, y que desencadenó muchas lecciones más.
Especialmente con las mujeres, los monos tardan más en adaptarse a nosotras, por lo que por mi seguridad no debía salir de la casa sin la compañía de Orlando, al menos en un par de días. Fue así como inició la sensación de ser la mascota del lugar. Para empezar, no podía salir al baño sin que Orlando me acompañara, y dado que él tenía varias tareas por hacer en el día, yo tenía que esperar a que tuviera tiempo de "sacarme" e ir conmigo. Por esta razón empecé a limitar mi consumo de agua para evitar molestarlo, y trataba de hacer "ambos números" de una sola vez. No pude evitar pensar en todas las veces en que limité a Peque (el que por once años fue mi perro) en sus horarios para salir al baño, o cuando me molesté porque al salir no aprovechaba para hacer pipí y popó. Como si él pudiera tener control total de su aparato digestivo.
Además, en esas dos semanas debíamos evitar reír en un volumen alto, o hablar muy fuerte, debido a que los monos se alteran porque creen que estamos peleando. ¿Cómo no me iba a reír, si es una manera natural de expresarme? ...Una vez más, vinieron a mi mente todas las veces en que callé a mi perro porque ladraba "sin razón".
Para rematar, si en el día a Orlando le daba tiempo, y estaba de buen ánimo, nos acompañaba a caminar para conocer algo más allá de la casa en la selva, como ir al río en el que nos bañábamos, o simplemente salir a caminar un poco; esto nos emocionaba mucho, aunque no fuera algo de todos los días.
Diariamente los monos se colgaban en la red a vernos comer, hablar, o lo que fuera que hiciéramos. Estar dentro de la jaula y ser constantemente visitado y observado por monos que sólo tienen curiosidad, da la sensación de estar en un zoológico humano.
Mientras todo esto sucedía, pasábamos varias horas cocinando en la fogata, para que los monos comieran de eso (ya que no hay muchos frutos en la selva), y de lo que sobrara comíamos nosotros. No puedo negar que en más de una ocasión sentí incomodidad por darle a un animal algo que tanto me había costado trabajo preparar. Pero, ¿Quién dice que a ellos no les gusta también comer rico y bien sazonado? Al ver su caras de cómo saboreaban una buena sopa, su antojo por galletas dulces, y los pleitos que pueden surgir si no les compartes a todos de lo que tú comes, fue cuando entendí que al ser animales, no son inferiores a mí.
| Jacinta, que todos los días me daba los buenos días con mucho cariño |
Muchas veces usamos la palabra "animal" como una ofensa a alguien. Pero en esas dos semanas aprendí que ser animal no te priva de sentir alegrías y tristezas, de sufrir pérdidas y tener aspiraciones, de tener ánimos de jugar o ganas de un cariño, de que te haga falta sal en la comida o que esté demasiado caliente. Una vez que pude salir libremente porque los monos se acostumbraron a mí, me buscaban para darme los buenos días y darme caricias, a veces querían jugar mientras que otras buscaban un poco de plática. Fue entonces cuando entendí lo que realmente significa el respeto por la vida, y todos los seres que se incluyen en ella.
Gracias a esta experiencia mi bocanada de humildad fue lo suficientemente profunda para dejar de ver a los animales como algo tierno que puedo domesticar, como algo salvaje que puedo domar, como algo a lo que le puedo sacar provecho de alguna manera. Espero de todo corazón que Peque haya sido un perro feliz mientras estuvo en mi familia, le pido perdón por la falta de perspectiva que tuve en ese entonces para entenderlo mejor, y agradezco estas dos semanas en las que pude replantear mis valores y acciones, en consecuencia a lo que viví desde adentro de la jaula.
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