El Fin del Mundo


Cuando salimos de León aquella noche, con un boleto de avión  en mano y una mochila llena de ilusiones, nos despedimos de la familia con pocos planes y el único propósito de llegar a la ciudad más austral del mundo: Ushuaia. Hoy, 406 días después, lo hemos logrado. Indudablemente es algo especial llegar a estas tierras desoladas en las que el Atlántico se une con el Pacífico, pero más allá de eso, para Allen y para mí tiene un significado aún mayor. Hoy nuestra brújula cambia de sentido, hoy dejamos de ir y empezamos a volver, hoy llegamos al punto más lejano de nuestra ruta para dar la media vuelta. Durante más de un año anduvimos sin saber qué hacer al día siguiente, sin tener una ruta definida, la única certeza era que llegaríamos al último rincón del continente americano.

Cuando salí de casa tenía la idea de que en este tiempo podría conocerme, cuestionar mis creencias, enfrentar mis miedos, ampliar mi contexto, romper paradigmas, cumplir mis sueños. El día de hoy puedo decir que esa chica que tomó aquel vuelo desde la Ciudad de México ha cambiado radicalmente y escribe hoy estas palabras con tinta diferente. Un cúmulo de experiencias se ha encargado de tomar mi cerebro y mi alma, darles una gran sacudida en todas las direcciones, y hacerme percibir el mundo de una forma completamente distinta.

Los increíbles colores de la Tierra
Aprendí que el mundo es maravilloso, que la naturaleza tiene una imaginación capaz de sorprender a cualquier soñador con sus múltiples paisajes; que  no sólo lo que nace, crece, se reproduce y muere es un ser vivo, sino que el universo tiene maneras increíbles de manifestar la existencia de vida en las cosas. El viento, la música, los colores, las sonrisas, las texturas y los sabores merecen ser llamados vida.

Me di cuenta de que la gente es grandiosa, de que muchos medios de comunicación se han dedicado a desbaratar la confianza en los demás y a difundir incontables maneras en las que alguien te puede hacer daño, pero no a decir que hay muchos más actos bondadosos que suceden diariamente. En 406 días fuera de casa, he recibido de los demás un sinfín de muestras de solidaridad, amabilidad, ayuda, protección. Quisiera tener un canal de televisión para poder gritarle al mundo que salga a conocerse, que no tenga miedo de las calles, que somos más los buenos que los ventajosos.

Reconocí que formo parte de la humanidad, esta especie que ha hecho horribles destrozos en el planeta, pero que también ha logrado hacer maravillas en él. Soy una en 6,500 millones, y eso es importante. Mis acciones tienen un impacto, y de mí depende la forma que quiero que  éste tenga. Hay una delgada línea que separa las cosas que están en mis manos y las que no, es por eso importante estar consciente de mis acciones, por simples que sean, para que ese 0.00000000015% que estoy aportando con mi efímera existencia, sea como yo la deseo.

Dejé a un lado las ideas de trabajo, dinero, belleza, tiempo, distancia y otras tantas, para dejarme fluir naturalmente. La mercadotecnia, el capitalismo y la competitividad nos han convertido en máquinas incansables productivas; tomar una siesta, acostarse en el sol, comer carbohidratos y la ignorancia no son aceptados en el día a día porque no dejan un beneficio o un rendimiento. Nos olvidamos del intercambio como medio de supervivencia, y nos estamos dedicando a acumular ganancias e inversiones. ¿Y si sólo nos dedicáramos a estar en paz, hacer el bien y disfrutar? Sé que suena a un sueño hippie medio anárquico, es simplemente una pregunta que me hago constantemente.

Me queda claro que lo que yo piense no es la verdad absoluta, pero al menos me siento muy afortunada de estar aquí, hoy, ahora, de la serie de decisiones que tomé para poder salir de mí misma, hacer consciencia, y sentirme abrumada por la grandeza de ser, de vivir, de estar en El Fin del Mundo.

Ahora vamos por el regreso...

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