El peligro de hacer autostop
Mientras mi tripa baila alborotada por el delicioso aroma que suelta el horno, Remo prepara con esmero una rica cena para nosotros. Ni él ni nosotros nos imaginamos que aquí estaríamos en esta rica noche de abril, cuando nos conocimos hace casi seis meses y nos despedimos en aquella gasolinera sobre la ruta 22.
Esta historia es una de tantas que se han quedado en nuestros corazones, empezando por la de aquella primera vez que tímidamente levantamos el pulgar con una sonrisa en la cara, al pie del camino cafetalero colombiano. Camioneros que no sólo nos llevan, sino que además nos invitan el almuerzo, chicos que además de adelantarnos kilómetros en la ruta nos regalan algo de comida para el camino, familias que después de hacernos un espacio en su auto incluso nos ofrecen un pedazo de suelo en su casa; todos nos han brindado su confianza al orillarse al pie de la carretera y forman parte de este viaje con sus historias de vida que nos comparten a través del retrovisor del auto.
El peligro de hacer autostop es que puede llegar a gustar demasiado. Hemos aprendido que es un muy bonito ejercicio de confianza, que no es un riesgo el que se toma al no saber quién te va a recoger en el camino, sino una gran oportunidad de conocer a una persona al azar que tiene su propia historia de vida, única e interesante. Si tuviera que buscarle un sinónimo en el diccionario al autostop, creo que elegiría la palabra "compartir", pues como ya lo había aprendido antes con mi jefe, es en la carretera cuando más conoces a las personas, ya que tienes la oportunidad de pensar con más claridad y discutirlo con quien viene a tu lado.
Gracias eternas a esos ángeles que transitan en cuatro ruedas que nos han salvado de pleno rayo del sol, pero que sobre todo me han devuelto a mí la fe en el prójimo y con ello se siguen tejiendo plumas que me ayudan a seguir volando por el mundo. Gracias. Gracias. Seguimos siendo más los buenos que los ventajosos...

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